26.09.09 - 4 comentarios

Habían pasado dos años desde que me encontré a Atilio en aquella colina. Y sentía que necesitaba un cambio. No sé muy bien el motivo, pero sentía que después de todo lo que había pasado, necesitaba respirar otros aires.
Una noche me acosté sabiendo a ciencia cierta que todo había pasado, que mi vida en aquella ciudad había terminado. Y no es porque pudiera quejarme; me habían cambiado de departamento, subido el sueldo y la que era mi jefa valoraba el trabajo que hacía. No había tenido ni una sola bronca desde que me habían cambiado de puesto. Sentía que profesionalmente iba creciendo día a día. Las horas de trabajo, iban dejando a un lado mis historias de fantasmas y con el paso de los días me iba acordando cada vez menos de Sofía. Y aunque había dejado dentro de mí un sentimiento de nostalgia, la rutina laboral lo fue consumiendo. Era el perfecto prototipo de hombre responsable.
A la mañana siguiente al levantarme, saludé a Atilio que estaba durmiendo debajo de la mesa de la cocina. Y como solía hacer todas las mañanas le contaba mis problemas, el siempre me miraba cuando le hablaba, no sé si me entendería; pero muchas veces me daba la impresión de que si lo hacía.
- Ayer pensé en volver a casa – Le dije con tono tímido – ¿A ti que te parece? Te puedo llevar a dar paseos por la playa, me parece que nunca has visto el mar.
Atilio se me quedó mirando como de costumbre, tumbado en el suelo sin ladrar.
- Ya lo sé, no hace falta que me mires así. Ahora que lo tengo todo, no quiero nada. Con lo que me costó que me cambiaran de departamento. El sueldo no está nada mal eh, menudos botes de carne te traigo todos los días – Concluí mientras le acariciaba la cabeza – Tal vez tengas razón, voy a quitarme esa idea de la cabeza.
Aquella mañana había llegado al trabajo como cualquier otra mañana, fui a las taquillas, me cambie y a las ocho menos cinco estaba en el puesto de trabajo, con la ropa limpia y recién planchada. Hasta el medio día la mañana pasó sin mayor incidente, vendí un par de ordenadores, y entre cliente y cliente, fui reponiendo los expositores. A las doce sonó el teléfono y mi jefa me mando cogerlo.
No pude evitar sonreír, al recordar aquella vez que había entrado a la oficina y una voz de ultratumba me había dicho. ¿Ya no quieres jugar conmigo?
- Departamento de informática ¿En qué puedo atenderle?
- ¿Está Iyán? – Era la voz del gerente y estaba preguntando por mí. Cosa muy rara, ya que los comunicados a los empleados, siempre se hacen por mediación del jefe de sección.
- Si soy yo, dime.
- ¿Te importaría subir un momento? Me gustaría hablar contigo – No sé con qué tono lo dijo, pero me daba la impresión de que aquello era algo importante. Para bien o para mal. Pero era importante.
Después de informar a mis compañeros de sección y firmar las hojas de las ventas de aquella mañana subí a su despacho. Tras dos golpes tímidos a la puerta, la abrí y asome la cabeza.
- Pasa, me gustaría hablar contigo. – Me lo dijo con un tono que no me gustaba nada. Era el típico tono que utilizas, cuando vas a decir algo que no le va a hacer gracia a la otra persona.
Pasé y haciendo de tripas corazón, me senté justo enfrente de él
- ¿Dime en que puedo ayudarte?
- Tengo una buena noticia que darte, nos estamos dando cuenta de todo el trabajo que estás haciendo en tienda y el nivel de responsabilidad con el que trabajas. ¿Estás a gusto en nuestra empresa?
- Pues no es por cumplir y sé que sonará al tópico que se suele decir a un jefe, para tenerle contento. Pero sí que lo estoy y me gusta mi trabajo.
- Por eso mismo he pensado en ti, siempre has estado cuando lo hemos necesitado, y te has esforzado todo lo que has podido. Así que cuando surgió este nuevo puesto pensé en ti, ya que tienes mucha experiencia y ya has manejado antes situaciones así.
- ¿Pero de que se trata?
- Queremos que vuelvas al almacén.
- ¿Volver al almacén pero por qué? – Le dije con tono incrédulo.
- Hemos decidido mandar a tus compañeros de almacén a casa, ya que su jefe tiene muchas quejas sobre ellos. Y aunque nos consta que tú y él no tenéis un buen trato, creemos que es hora de dejar atrás vuestras rencillas. ¿Qué te parece? Es por el bien de la empresa.
- ¿Pero no hay otra opción? ¿Será temporal? Estoy muy contento con mi puesto de trabajo actual, y no lo estoy haciendo nada mal como puedes ver. Solo mira mi nivel de ventas.
- No hay otra opción, tienes que volver al almacén. – Me dijo con el tono que emplea un mando militar.
- Aquí tengo tu nuevo contrato, fíjate que casualidad, lo firmas justo tres años después de haber entrado aquí a trabajar. Esto es un buen augurio, veras como te va muy bien.
- Fijo que sí. Las casualidades no existen. – Dije riendo.
No dije nada más, me quite la camiseta de la empresa, la puse sobe la mesa y sin decir una palabra me fui. Esa misma tarde fui a pedir los papeles del finiquito, arreglé cuantas con el casero, preparé la maleta y a las doce de la noche estaba en mi casa, con la mochila puesta, Atilio y una sonrisa de par en par dibujada en mi cara.
Después de contar todo lo sucedido a mis padres, entré en mi habitación, todo estaba como lo había dejado el día que me fui de casa. La misma colcha, las paredes pintadas del mismo color, y la foto de mis amigos.
Ya estaba en casa, estaba otra vez sin nada, no tenía trabajo, ni casa, ni novia, era la perfecta oveja negra. Los días pasaban sin más, por las mañanas Atilio y yo nos dábamos un paseo por la playa, el jugaba a morder las olas y yo intentaba pensar que hacer con mi vida. Por las tardes quedaba con mis amigos, salíamos a tomar algo, echar alguna partida a las cartas y de vez en cuando hacíamos alguna excursión por las montañas de los alrededores. Era bonito volver a estar en casa.
Cinco días después de volver a casa, habíamos organizado un pequeño maratón de cine en casa de una amiga. Habíamos comprando unas cervezas, alquilado algunas películas y saqueado medio quiosco. Íbamos caminando por la calle, recordando un viaje que habíamos hecho a Burgos; cuando a lo lejos vi una silueta femenina que me resultaba familiar, aunque no alcanzaba a reconocerla. A cada paso que daba el corazón me latía con más fuerza, era ella era Sofía. Su pelo oscuro, sus ojos verdes, su sonrisa, no nos dijimos nada, solo nos miramos, ella siguió su camino y yo el mío.
- Siempre que me necesites, estaré ahí, no lo olvides. – Era en la única frase en la que pude pensar aquella tarde.
Estuve una semana sin salir de casa, mis amigos me preguntaban si me pasaba algo, yo no les conté la verdad, tenía miedo de que mis locuras hubieran vuelto, no sabía que era verdad o que era mentira. La llamaba y no aparecía, llamaba al profesor y tampoco aparecía. Muchas veces le damos vueltas a las cosas más simples, creo que es por no afrontar la realidad, por miedo a darnos de bruces contra ella. También es curioso como puede llegar la solución más simple, en el momento más oportuno.
Estaba tumbado en la cama, mirando a Atilio, él me sacaba la lengua, era la hora de su paseo por la playa y el pobre no había ido a morder las olas en una semana.
- ¿Quieres ir a dar un paseo? – Le dije sonriendo.
No tardo dos segundos en salir corriendo y traer su correa. Cogí la correa, se la puse y al salir por la puerta, me llamo mi madre.
- Que perro más listo tienes, me acuerdo de aquel perro que teníamos en la casa del pueblo. Aquello no era un perro, era un lobo, arrasaba con todo lo que tenía a su alrededor. Este sin embargo, es un cielo.
- ¿Cuánto hace que no vais por allí?
- Muchos años, tu padre siempre tiene mucho trabajo y a mí no me gusta ir en el autobús sola. ¿Por qué no aprovechas y ahora que estas cobrando el paro te vas a pasar unos días?
¿Cómo no se me había ocurrido? Si Sofía seguía viva, era que yo tenía un problema mental grave, y si había muerto era que todo lo que estaba pasando era verdad.
- Mama, te acuerdas de Sofía ¿La nieta de Pili?
- Pobre chica, anda que no la hiciste rabiar cuando erais pequeños. Hacíais muy buena pareja, pero nunca la hiciste mucho caso.
-¿Pero sabes algo de ella? – Le pregunté nervioso.
- No, no sé nada de ella. No sé nada de nadie, desde que tu padre entró a trabajar en la empresa de conservas, no hemos ido, ni una sola vez. ¿Por qué lo preguntas?
- Nada simple curiosidad, por que como hace tanto tiempo que no la veo. – Sabía que mi madre tenía un detector de mentiras, siempre que mentía me pillaba. Así que no podía evitar ponerme más nervioso aun.
- Si tanto te interesa, puedes ir unos días. – Me dijo con risa de cotilla.